Vagos y maleantes

Para quien viva en la capital de España, Madrid, no le resultará extraño encontrarse tumbadas en la calle a personas pidiendo dinero, cantando para conseguirlo o, simplemente, durmiendo porque ya se han cansado de hacerlo. En principio no molestan a nadie, sólo llaman la atención por llevar a cabo un acto que nosotros pensamos que nunca haríamos, como es pedir limosna.
Por este motivo les miramos mal, les etiquetamos y, sobre todo, les apartamos de la sociedad en la que vivimos reduciéndoles a un inframundo en donde solamente pueden relacionarse entre ellos mismos. Sonará fuerte dicho así, pero si nos paramos a pensarlo es la pura realidad.
Hace muchos años, durante la Dictadura de Franco, existía la llamada Ley de Vagos y Maleantes. Por esta ley (y no me ciño a lo que dice la misma, sino a lo que la gente decía de ella), a todas las personas que pudieran pedir en la calle se les echaba de la misma, normalmente de malas maneras. Los guardias civiles descargaban su furia contra ellos haciéndoles ver que, si volvían a hacerlo, la paliza sería aun mayor. No hemos cambiado demasiado ese pensamiento tan retrógrado, ya que hasta no hace mucho tiempo había niñatos que se encargaban de pegar a mendigos para divertirse y porque no tenían otra cosa mejor para hacer.
Ignorándoles no les ayudamos, ignorándoles no nos ayudamos.
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