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Lo que pocos leen. Lo que yo disfruto.

Tu primera etiqueta

Tu primera etiqueta

Un tema que provoca muchas discusiones cuando se anuncia el nacimiento de una persona es el nombre que se le va a adjudicar. Pero no lo provoca tan sólo cuando ha nacido, no, lo hace en cuanto su madre está embarazada y, en algunas ocasiones, mucho antes de que esto ocurra (típica parejita que a las dos semanas de conocerse debate sobre el nombre que le pondrán a su primer hijo). Todo para qué? Pues para que a lo mejor el chaval luego a los dieciocho años decida cambiárselo por el que más le guste a él, que para eso es suyo.

El caso es que, aunque sea el nombre más feo del mundo, no solemos cambiarlo. Nos hacemos a él y nos identificamos cuando alguien lo pronuncia, sin que eso mismo ocurra con algún nombre que nos guste más. Qué pasaría si te cambiaras de nombre y alguien por la calle gritara el que tenías antes? Acaso no te girarías para mirarle y ver si es que te está llamando a tí? Se supone que ya no te llamas así, ha de importarte lo mismo que si yo oigo un nombre que no es el mío, es decir, nada.

Los nombres son como la ropa, pasan de moda a la vez que otros ascienden en la clasificación. Pero no es gratis (también como la ropa), ya que para oficializarlo tienes que acudir al Registro Civil y pagar una suma de dinero a cambio de que ellos se encarguen. Ellos, que también tienen nombre y habrán tenido que soltar la pasta igualmente.

Otra de las cosas por las que el nombre puede convertirse en una cosa inútil son los motes. Estos no cuestan dinero ponérselos, y tampoco te los asignan tus padres. Pueden gustarte o no, te jodes, pero es posible que mucha más gente te conozca por él antes de por lo que pagaste cuando naciste. Aunque bueno, una ventaja que suelen tener es que no existe otro igual.

Al fin y al cabo esto es puro trámite, ya que siempre te llamarás por el nombre que elija tu madre, y yo le agradezco a la mía que me haya puesto Mario.

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