Cual talón de Aquiles

Sabéis de sobra cual es mi punto débil en lo que concierne a mi condición física o atlética, como la querais llamar. Hay gente que tiene problemas de espalda, a otros les duelen las rodillas o caderas. A mí me pierden los tobillos.
No exageraría si dijera que uniendo los dos pies sumo más de quince esguinces. Todos ellos acompañados de un aparatoso vendaje o, en el peor de los casos, de una escayola. Una de las veces llegué a llevar esta última durante tres meses, dos ligamentos de mi tobillo izquierdo fueron dañados seriamente y tuve que estar yendo a un fisioterapeuta durante los cuatro meses posteriores a que me retiraran aquella armadura.
Por favor, que bien viviría sin mis tobillos. Os prometo que yo ando como toda la gente, tengo el mismo cuidado o incluso más, pero de nada sirve. Por lo menos dos veces al año me toca encerrarme entre cuatro paredes, y un techo que hace sus labores de comida y cena, para reposar el pie (últimamente el derecho). Resulta ser una sensación algo agónica al principio, te ves como un inútil además de imbécil por sentirte así ya que, como diría una conocida, las cosas malas tienes dos maneras de tomártelas. No obstante, es muy sencillo decirle a alguien cómo se debe de sentir ante una situación desfavorable y no tanto hacer caso a lo que te dicen cuando eres tú el que la esta atravesando.
Tengo mala suerte, sí, pero firmaría ahora mismo que mi mayor problema pudiera ser los daños que puedo sufrir en mis tobillos anualmente. Es algo que ya tengo asumido y en lo que, a partir de ahora, sólo me centraré en atrasar la próxima desgracia lo máximo posible.
Al fin y al cabo, creo que he encontrado el camino hacia la paciencia.
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