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Lo que pocos leen. Lo que yo disfruto.

Soñar es gratis

Ayer no fue la primera vez que me metí en la cama deseando soñar con ella. Ya van bastantes, y lo mejor de todo es que cuando me lo propongo lo consigo. Dichos sueños suelen ser de diferente índole, unos más elaborados que otros. Pero nunca falta el cariño, es indispensable.

Duró pocos segundos, aunque en mi mente pasaron como una noche entera. Yo entraba por la puerta de la casa de su chalé. La vi desde lejos. Nos acercamos con esa timidez en la que te dices "no se si estarás pensando lo mismo que yo, pero espero que sepas lo que estoy pensando". Me quedé a dos palmos de ella, cara a cara. No era un beso lo que yo buscaba. Necesitaba un abrazo, un único abrazo que ayer solo un sueño me podría conceder.

Nos fundimos en uno. Notaba como mis manos la rodeaban y como las suyas se movían lentamente por mi espalda. También noté su cuello en mi mejilla, y después su hombro en mis labios. La apreté un poco más hacia mí, quería que ese momento durara toda la eternidad. Ladee la cabeza y cerré los ojos, pues el sentido de la vista no me ofrecería nada más reconfortante que el del tacto en aquel momento. Era genial.

Me separé un poco de ella, lo suficiente como para que nuestras cabezas quedaran a la misma altura, para que nuestros ojos se miraran sin verse, y para que nuestras narices se rozaran. Entonces ocurrió. Nuestros labios se besaron sin que el cerebro hubiera tomado esa decisión. Fue lento, muy lento. Lento y rápido. Era fantástico, era perfecto. No quería que finalizara.

Pero finalizó. La voz de Carlos Herrera en Onda Cero me despertó anunciándome que eran las 9:00 de la mañana. Me incorporé en la cama, miré hacia los lados, pero no estaba allí. Fui al baño a lavarme la cara, pero no estaba allí. Fui a la cocina a desayunar, pero tampoco estaba allí. Había sido un sueño, y los sueños... sueños son.

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